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Cayó El Mencho, pero el monstruo sigue de pie

Tras la muerte de “El Mencho” en febrero de 2026, México enfrentó 252 bloqueos, ataques y decenas de víctimas en veinte estados. El golpe al CJNG evidenció que abatir capos no sustituye la reconstrucción institucional.

El abatimiento de un capo no es victoria: es el prólogo de una nueva guerra

Ayer, domingo 22 de febrero de 2026, Fuerzas Especiales del Ejército Mexicano abatieron en la sierra de Tapalpa, Jalisco, a Nemesio Rubén Oseguera Cervantes, "El Mencho", líder del Cártel Jalisco Nueva Generación y, tras la caída de El Chapo y El Mayo, el narcotraficante más buscado del planeta. La operación contó con inteligencia proporcionada por Estados Unidos. En cuestión de horas, la respuesta del crimen organizado fue brutal: 252 bloqueos en veinte estados, al menos 26 muertos —entre ellos una mujer embarazada—, más de 50 sucursales del Banco del Bienestar incendiadas, 69 tiendas Oxxo vandalizadas, vuelos cancelados en Puerto Vallarta, clases suspendidas en media República, y millones de mexicanos encerrados en sus casas un domingo cualquiera. La pregunta que nadie en Palacio Nacional quiere responder es tan vieja como la guerra misma: ¿y ahora qué?

Los abrazos que se volvieron balazos

Hace apenas unos años, la doctrina oficial se resumía en una frase que parecía más eslogan publicitario que política pública: "abrazos, no balazos". La premisa era seductora en su simplicidad: si el Estado dejaba de perseguir a los capos con fiereza militar, la violencia bajaría por inercia. Se apostó por programas sociales como antídoto contra el reclutamiento criminal, se retiró al Ejército de funciones policiales para luego devolverlo con más atribuciones que nunca a través de la Guardia Nacional, y se proclamó una paz que solo existía en las conferencias matutinas.

La realidad, tercamente documentada en las cifras de homicidios y desapariciones, dijo lo contrario. Los abrazos no llegaron a las comunidades de Tierra Caliente, ni a las fosas clandestinas de Guanajuato, ni a los migrantes secuestrados en Tamaulipas. Lo que sí llegó fue la expansión territorial del CJNG a más de treinta estados, su penetración en mercados internacionales de fentanilo, y el control de facto de regiones enteras donde el Estado no gobierna: extorsiona o negocia. Ahora, con el operativo de Tapalpa, el péndulo regresó al otro extremo. Los abrazos, al final, siempre se convierten en balazos cuando no existe una estrategia integral de seguridad. Lo que ayer vivimos no fue solo la caída de un capo: fue la confirmación de que México sigue atrapado entre la inacción calculada y la acción sin plan de contención.

Buscaglia tenía razón: los vacíos de poder son el verdadero enemigo

Para cualquiera que haya leído Vacíos de poder en México de Edgardo Buscaglia, lo ocurrido ayer es la ilustración perfecta —y trágica— de su tesis central: la delincuencia organizada no es un problema militar, sino un fenómeno socioeconómico que prospera donde el Estado ha abdicado. Buscaglia argumentó, con evidencia de más de cien países, que cuando las instituciones carecen de controles judiciales efectivos, de mecanismos patrimoniales, de prevención social del delito y de fiscales autónomos, los vacíos resultantes son llenados inevitablemente por empresas criminales.

¿Qué pasa cuando cae la cabeza de una de esas empresas? La respuesta la estamos viendo en tiempo real. Sin un sistema de sucesión institucional —porque los cárteles no son Estados, aunque funcionen como tales—, el vacío que deja El Mencho se convierte en un campo de batalla. Expertos como Vanda Felbab-Brown ya advierten que la fragmentación del CJNG podría generar un escenario tan violento como el que ha devastado Sinaloa desde la captura de El Mayo. El "terremoto", como ella lo llama, apenas comienza.

Y aquí radica la paradoja que ningún gobierno mexicano ha querido resolver: capturar o abatir capos genera titulares, satisface la presión estadounidense y alimenta la narrativa de que "se está haciendo algo". Pero sin reconstruir las instituciones que Buscaglia describe —jueces independientes, fiscalías autónomas, controles patrimoniales reales, inteligencia financiera con dientes—, cada cabeza cortada produce dos nuevas, como la hidra mitológica. Lo hemos visto con El Chapo, con El Mayo, con Caro Quintero. Hoy lo veremos con El Mencho. Mañana, con quien le suceda.

La cooperación con Estados Unidos: necesaria, pero no inocente

La Casa Blanca se apresuró a tomar crédito. La vocera Karoline Leavitt confirmó que Estados Unidos proporcionó inteligencia para el operativo y recordó que Trump designó al CJNG como organización terrorista. El embajador Ronald Johnson se declaró solidario con las fuerzas mexicanas. Todo muy diplomático. Todo muy calculado.

No seamos ingenuos. La cooperación bilateral en materia de seguridad es indispensable —el crimen organizado transnacional no respeta fronteras, y el fentanilo que mata a decenas de miles de estadounidenses al año se fabrica con precursores químicos que llegan desde Asia a puertos mexicanos controlados por los cárteles—. Pero esa cooperación no es filantrópica. Viene con condiciones, con presiones y con una asimetría de poder que México debe gestionar con inteligencia, no con sumisión.

La designación de los cárteles como organizaciones terroristas no es un gesto simbólico: tiene consecuencias legales que podrían justificar intervenciones unilaterales y sanciones que afecten a sectores legítimos de la economía mexicana. México necesita la inteligencia estadounidense, sí, pero también necesita desarrollar capacidades propias. Que el operativo más importante en la historia reciente del combate al narcotráfico haya dependido de "información complementaria" del extranjero dice tanto de la eficacia de la cooperación como de las deficiencias de nuestra propia inteligencia.

El narcocorrido: la banda sonora de la impunidad

Y mientras las ciudades ardían ayer, en algún rincón de las plataformas digitales ya se componía el corrido. Porque en México hemos normalizado algo que debería indignarnos: la glorificación del crimen como expresión cultural.

Los narcocorridos no son folclor inocente. Son apología del delito disfrazada de tradición musical. Son la narrativa que convierte a sicarios en héroes, a capos en leyendas, a la violencia en espectáculo. Cuando un adolescente en Michoacán escucha que "El Mencho" era invencible, que tenía un ejército propio, que desafiaba al Estado y a los gringos, el mensaje que recibe no es estético: es aspiracional. El narcocorrido le dice que el camino corto hacia el poder, el dinero y el respeto pasa por el gatillo, no por la escuela.

No se trata de censura. Se trata de honestidad. Una sociedad que celebra a sus criminales en la música, en las series, en las redes sociales, y luego se escandaliza cuando veinte estados arden porque mataron a un capo, es una sociedad que no ha comprendido la profundidad de su propio problema. La cultura del narco no es consecuencia de la violencia; es su combustible. Los corridos que se escriban esta semana sobre la caída de El Mencho serán el semillero del próximo reclutamiento.

Lo que arde no es solo Jalisco: es el tejido social

Las imágenes de ayer son elocuentes. No fueron solo narcobloqueos en carreteras rurales. Fueron ataques a infraestructura pública —Bancos del Bienestar, símbolos del programa social insignia del gobierno—, a negocios en zonas urbanas, a aeropuertos, a estadios. Fue la demostración de que el CJNG tiene capacidad operativa para paralizar medio país en cuestión de horas. Y eso no se logra con pistoleros improvisados: se logra con redes que penetran comunidades, policías, gobiernos locales. Se logra, en suma, con los vacíos de poder que Buscaglia diagnosticó hace más de una década y que seguimos sin llenar.

El saldo humano —26 muertos en un solo día solo en Jalisco, una mujer embarazada alcanzada por balas perdidas en Zapopan, un custodio asesinado durante un motín carcelario en Puerto Vallarta— es el recordatorio más brutal de que la inseguridad en México no es una estadística: es una experiencia cotidiana que define la vida de millones de personas.

Un triunfo táctico, un fracaso estratégico anunciado

El abatimiento de El Mencho es, sin duda, un logro operativo. Representa el fin de un hombre que convirtió al CJNG en la organización criminal con mayor presencia territorial en México, que traficó fentanilo a escala industrial, que ordenó masacres y desapariciones, que retó al Estado mexicano durante más de una década. Nadie debería lamentar que un criminal de esa magnitud haya sido neutralizado.

Pero confundir un triunfo táctico con una victoria estratégica sería repetir el error de siempre. Porque lo que México necesita no es solo abatir capos, sino construir un Estado que no los produzca. Un Estado con instituciones judiciales funcionales, con fiscalías que investiguen el lavado de dinero con la misma intensidad con la que el Ejército persigue objetivos de alto valor, con controles patrimoniales que impidan que la riqueza criminal se integre a la economía legal, con programas de prevención que ofrezcan a los jóvenes una alternativa real al reclutamiento del narco.

Mientras eso no ocurra, seguiremos celebrando capturas y abatimientos que generan más violencia de la que resuelven. Seguiremos viendo cómo los abrazos se convierten en balazos. Seguiremos escuchando corridos que glorifican lo que debería avergonzarnos. Y seguiremos, como ayer, encerrados en nuestras casas un domingo, esperando que pase la tormenta, sabiendo que la siguiente ya se está formando.

El Mencho cayó. El monstruo que lo creó sigue de pie.


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