Mexicali, Baja California. - Las obras públicas en México a menudo son tratadas como méritos individuales de los gobernantes, convirtiéndose en herramientas de capital político en lugar de ser resultados de planeación a largo plazo. Esto genera que se prioricen obras vistosas en detrimento de la infraestructura esencial.
El reciente paso a desnivel de Colosio y Solidaridad es un ejemplo claro. Aunque contribuye a resolver un cruce problemático, se cuestiona si esta inversión comprometió el mantenimiento de redes de agua y drenaje, que son cruciales para la salud pública. El crucero de bulevares Rodríguez-Kino y Morelos, por otro lado, sigue sin recibir la atención necesaria y presenta serios desafíos de tráfico urbano.
La carretera Bavispe–Nuevo Casas Grandes también destaca por su importancia en el noreste del estado. Sin embargo, las dudas persisten acerca de otras vialidades vitales, como la Guaymas–Yécora–Chihuahua, que podrían beneficiarse de un enfoque más estratégico. Asimismo, aún no hay claridad sobre proyectos como el parque La Sauceda, la vía a Nogales o la presa Puerta del Sol, lo que genera preocupación entre la población.
Por otro lado, el Plan Sonora de Energías Sostenibles, aunque presentado como una iniciativa clave, ha demostrado avances poco claros en sus cuatro años de existencia. Exigir datos concretos y beneficios reales se vuelve fundamental para evaluar el impacto de estas obras públicas en la sociedad.
Las obras son esenciales para el desarrollo urbano, pero su mal manejo como trofeos políticos en lugar de integrarlas en un plan estructural efectivo puede llevar a resultados adversos. La ciudadanía merece inversiones que realmente impacten su calidad de vida.