Ginebra, Suiza. - Jorge Luis Borges falleció el 14 de junio de 1986, a las 6 de la mañana, en su residencia ubicada en la Rue de la Muse 4. Su muerte se esperaba con tristeza desde días antes, rodeado de cercanos que lo atendieron hasta el último momento.
La enfermera que lo cuidaba despertó a María Kodama, su compañera y cuidadora, para informarle que Borges había fallecido. Aún en estado de shock, María contactó a su abogado, Fernando Soto, quien tenía todo organizado para gestionar el certificado de defunción y la comunicación a la prensa.
El diseño de la lápida estaba listo, elaborado por un marmolista argentino según un boceto de un arquitecto belga. Sin mencionar nombres, este tributo a Borges, mínimamente ostentoso, reflejó su personalidad literaria y su conexión con el lugar que lo acogió en sus últimos años.
Tras su muerte, la figura de Borges se transformó en una leyenda. Su espíritu exploró los recuerdos de Ginebra y Buenos Aires que tanto marcaron su vida. Recorrió lugares significativos de su historia, como el Colegio Calvin, donde estudió, y la Catedral de San Pedro, simbolizando su legado presente en cada rincón de estos espacios.
María Kodama, consciente de la importancia de su figura, comenzó a planear cómo mantener vivo el legado de Borges a través de la creación de “Borges Co.”. Con un enfoque en preservar y potenciar su obra, se propuso liderar la etapa post-mortem del escritor, convirtiéndose en la embajadora de su memoria.