Tegucigalpa, Honduras. - Cada año, la casa de doña Ernestina García se transforma en un refugio para más de 200 peregrinos que llegan a la Ermita de Suyapa. Con fe y promesas, estos viajeros son recibidos con amor y calidez, creando un ambiente de solidaridad y unión familiar.
La historia de este cálido albergue comenzó hace más de medio siglo, cuando la abuela de doña Ernestina abrió las puertas de su hogar a quienes buscaban consuelo espiritual. Hoy, bajo la misma tradición, doña Ernestina y su familia continúan brindando hospitalidad, asegurando que nadie se quede afuera. "Los peregrinos vienen de lugares lejanos como Intibucá, La Esperanza y Comayagua, cada uno con un sacrificio detrás", comenta.
Los desafíos de recibir a los peregrinos han ido cambiando con el tiempo. Doña Ernestina recuerda cómo, en sus inicios, muchos dormían al aire libre, enfrentando la lluvia y el frío. Ahora, su hogar es un refugio donde se les ofrece techo, comida y la calidez de un hogar. La samaritana expresa: “Hoy abrimos nuestras puertas con el corazón, porque no sabemos cuándo necesitaremos esa misma mano”.
Este acto de generosidad se ha convertido en un legado familiar que refleja la enseñanza de Jesucristo. Doña Ernestina manifiesta que el acto de dar es fundamental en su vida: “No solo se trata de predicar palabras, sino de ponerlas en práctica”, menciona con emoción. Gracias a su dedicación, el hogar ha sido transformado en un santuario donde cada peregrino puede descansar y sentirse cuidado.
La tradición de doña Ernestina sigue creciendo. Con cada nuevo visitante, la familia reafirma su compromiso de ser un apoyo para aquellos que lo necesitan. Con ello, dan testimonio de la importancia de la solidaridad y la generosidad en tiempos difíciles.