Por Bárbara B. Rodríguez Guerrero
Hay un dato que debería incomodar a cualquier persona vinculada a la política científica en México: según el padrón vigente del Sistema Nacional de Investigadores correspondiente al cuarto trimestre de 2024, apenas el 14% de los investigadores activos son mujeres. No se trata de una cifra abstracta ni de un rezago marginal. Es la evidencia numérica de que el aparato científico más importante del país funciona, en la práctica, como un sistema de exclusión estructural.
Hace una década, México mantenía una participación femenina cercana al 33%. El retroceso al 14% no solo rompe la inercia de avance lento que se presumía como progreso; la revierte. Mientras países como Noruega o Dinamarca rondan la paridad —con más del 50% de mujeres en ciencia e ingeniería— y naciones latinoamericanas como Bolivia y Venezuela superan el 55%, México se desploma en el indicador que mide cuánto aprovecha el talento intelectual de la mitad de su población.
El efecto tijera: visible, documentado e ignorado
Los números del padrón del SECIHTI revelan un patrón que la literatura especializada llama "efecto tijera" y que en México opera con precisión quirúrgica. En el nivel I del SNI se concentra el 48% de las investigadoras; en la categoría de candidato, el 33%. Hasta ahí, la presencia femenina resulta significativa —aunque minoritaria—. Pero conforme se asciende, la expulsión se acelera: en el nivel II quedan apenas 14%, en el nivel III un residual 4%, y en el emérito un simbólico 1%.
No es casualidad. Es el resultado predecible de un sistema que exige trayectorias ininterrumpidas de alta productividad precisamente en los años en que las mujeres enfrentan la mayor presión social para asumir la maternidad, el cuidado doméstico y la doble jornada laboral. Las reglas del juego no son neutras: están diseñadas sobre el modelo biográfico masculino, y penalizan —de hecho, aunque no de derecho— cualquier pausa o ralentización.
Ciencias Sociales como refugio, no como elección libre
El análisis por áreas de conocimiento profundiza el diagnóstico. Las mujeres no son mayoría en ninguna de las disciplinas reconocidas por el SNI. Su concentración relativa se da en Ciencias Sociales (20%) y Biología y Química (19%), mientras que en Ingenierías y Desarrollo Tecnológico apenas representan el 6%, y en Físico-Matemáticas el 8%.
Leer estas cifras como una preferencia natural sería un ejercicio de cinismo analítico. Lo que muestran es la huella de los roles de género interiorizados desde la formación escolar: las mujeres terminan "eligiendo" las áreas del conocimiento que la socialización les asigna —el cuidado, lo social, lo biológico— y encuentran barreras adicionales en los campos que la cultura patriarcal reserva como territorio masculino. No se trata de vocación; se trata de segregación disciplinaria normalizada.
El tabú pendiente: violencia de género en los espacios de alta intelectualidad
Hay un factor que la academia mexicana prefiere tratar en voz baja y que resulta insoslayable para entender la deserción femenina en la investigación: la violencia de género dentro de los propios centros de producción científica. Colectivos como la Asamblea Mexicana de Médicos en Formación han documentado conductas de acoso y maltrato que operan como mecanismos de expulsión de las mujeres en determinados campos disciplinarios.
Resulta difícil aceptar —pero es necesario decirlo— que en los espacios donde se concentran las mentes más formadas del país persisten prácticas de discriminación propias del siglo pasado. Ni el grado de doctor ni la pertenencia al SNI inmunizan contra el machismo institucional. Y mientras este factor no se enfrente con la misma rigurosidad con la que se evalúan artículos y proyectos, la ciencia mexicana seguirá expulsando talento femenino sin siquiera registrarlo como pérdida.
De la estadística a la política: lo que está en juego
La Agenda 2030 establece con claridad, en sus Objetivos 5 y 10, que la igualdad de género y la reducción de desigualdades son condiciones necesarias para el desarrollo sostenible. La Unión Europea lo entendió hace años y hoy cuenta con 7.7 millones de científicas e ingenieras que configuran su ventaja competitiva en innovación. México, en cambio, sigue tratando la participación femenina en la ciencia como un tema aspiracional y no como una política pública urgente.
Prescindir del 86% del talento femenino posible en investigación no es solo una falla de equidad: es un acto de sabotaje al desarrollo nacional. Es renunciar a perspectivas, metodologías y preguntas de investigación que solo la diversidad puede generar. Es aceptar que la ciencia mexicana opere con un ojo cerrado.
Lo que se necesita ya
Las acciones afirmativas implementadas hasta ahora han producido avances insuficientes. No basta con abrir convocatorias; es necesario transformar los criterios de evaluación del SNI para que reconozcan las trayectorias discontinuas sin penalizarlas. Es indispensable crear mecanismos de financiamiento que compensen la brecha de acceso a recursos. Y, sobre todo, es urgente que las instituciones de educación superior dejen de tratar la violencia de género como un asunto de relaciones públicas y la aborden como lo que es: un obstáculo estructural para la producción científica.
México no puede aspirar a la soberanía científica ni al desarrollo tecnológico mientras desperdicie sistemáticamente la capacidad intelectual de sus mujeres. El 14% no es un dato más. Es un veredicto sobre las prioridades reales de la política científica mexicana.