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Suben los salarios, pero la desigualdad de género no cede en México

Por: Hugo Salazar Mata

Doctor en Filosofía con Orientación en Ciencias Políticas

Docente - Investigador - UANL

Durante los últimos años, el debate económico en México ha destacado el aumento de los salarios como una señal positiva para el mercado laboral. Sin embargo, una lectura más cuidadosa de los datos revela una realidad incómoda: el crecimiento del ingreso no se ha traducido automáticamente en mayor equidad entre mujeres y hombres. Los salarios pueden subir, pero si la brecha de género permanece o incluso se amplía, el avance es incompleto.

Un análisis reciente sobre los determinantes sociodemográficos del salario en México, elaborado a partir de microdatos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, ENOE, correspondientes a 2023 y 2024, muestra que los ingresos promedio aumentaron en las cuatro regiones del país, pero la brecha salarial de género no disminuyó en ninguna de ellas. Para hacer comparable la información, el estudio agrupó los datos en cuatro grandes regiones, Norte, Centro, Occidente y Sur, y examinó a la población ocupada de entre 18 y 65 años con ingresos laborales reportados. 

La evidencia regional es clara, con base en el procesamiento de los datos de la ENOE realizado en la investigación, en el Norte los salarios promedio mensuales pasaron de 9,250 pesos en 2023 a 9,560 en 2024, pero la diferencia salarial entre mujeres y hombres también creció, al pasar de 1,500 a 1,530 pesos, en el Centro, el ingreso promedio aumentó de 7,750 a 7,983 pesos, mientras la brecha se amplió de 1,780 a 1,823 pesos, occidente fue la región con mayor dinamismo salarial, al avanzar de 7,100 a 7,422 pesos, aunque la desigualdad entre géneros también aumentó, el caso más preocupante se encuentra en el Sur, donde los salarios fueron los más bajos, al pasar de 6,680 a 6,895 pesos, y donde además se observó la mayor brecha salarial, cercana a 2,030 pesos en 2024. 

Estos datos obligan a desmontar una idea simplista: mejorar el salario promedio no equivale a corregir la desigualdad laboral. Una economía puede mostrar avances generales y, aun así, seguir reproduciendo exclusiones profundas. En el caso mexicano, las mujeres continúan enfrentando una desventaja salarial que no desaparece incluso cuando se consideran variables como la escolaridad y las horas trabajadas. Encontramos que el sexo de la persona siguió siendo un factor estadísticamente significativo en la explicación del ingreso, con un efecto negativo para las mujeres, aun después de controlar esos elementos. 

Esto importa porque permite distinguir entre dos discusiones que suelen mezclarse. Una es la del salario como indicador de mejora económica, otra, más compleja, es la de la igualdad sustantiva en el mercado de trabajo. Si las mujeres estudian, trabajan y participan activamente en la economía, pero siguen recibiendo menores ingresos que los hombres, entonces el problema no se reduce al esfuerzo individual ni a la productividad. Hay factores estructurales que siguen operando, la segmentación ocupacional, desigual distribución de las responsabilidades de cuidado, acceso desigual a empleos de mayor productividad y persistencia de prácticas laborales discriminatorias.

La dimensión territorial agrava el problema, México no tiene un solo mercado laboral, sino varios, con condiciones profundamente distintas, el Norte concentra mayores niveles de industrialización y mejores salarios promedio; el Sur, en cambio, enfrenta mayores rezagos en informalidad, escolaridad y oportunidades de empleo. Sin embargo, en ambos contextos la desigualdad salarial permanece. Esto demuestra que la brecha de género no se resuelve únicamente con crecimiento económico, ni desaparece en las regiones más dinámicas. 

Por eso, las políticas públicas orientadas a la igualdad laboral no pueden seguir diseñándose como si el país fuera homogéneo. La investigación plantea la necesidad de avanzar hacia políticas diferenciadas por región y con perspectiva de género, capaces de reconocer que las causas de la desigualdad salarial no operan de la misma forma en Nuevo León que en Oaxaca, en Jalisco que en Chiapas. 

Una agenda seria tendría que incluir, al menos, tres frentes. Primero, mecanismos de transparencia salarial y no discriminación, para identificar y corregir desigualdades injustificadas dentro de los centros de trabajo. Segundo, políticas de cuidados y corresponsabilidad, porque mientras las mujeres sigan cargando de manera desproporcionada con el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, su inserción laboral continuará condicionada. Tercero, estrategias regionales de inserción femenina en sectores de mayor productividad, especialmente en territorios donde el dinamismo económico no ha significado mejores oportunidades para ellas.

El punto central es sencillo, aunque incómodo, México puede celebrar que los salarios suban, pero no debería confundir ese avance con igualdad laboral. La desigualdad de género persiste incluso en escenarios de crecimiento, y esa persistencia debe convertirse en una prioridad de política pública. Ignorarla sería aceptar que el desarrollo económico siga distribuyéndose de manera desigual.

La brecha salarial no es solo un problema de ingresos. Es una expresión de cómo una sociedad valora el trabajo, organiza sus oportunidades y reparte los costos de la vida cotidiana. Mientras esa brecha no ceda, el aumento salarial será una buena noticia, sí, pero una noticia incompleta.

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